LA VISIBILIDAD DE LO INVISIBLE

Exposición sobre la Semana Santa de Cartagena, trabajo realizado durante seis años, que tuvo lugar del 1 de marzo al 16 de junio de 2013 en la Sala Municipal Palacio Molina. El comisariado de la exposición lo realizó Ramón García Alcaraz. Y la coordinación por parte del Ayuntamiento de Cartagena la realizó el Director de Cultura Isidro Pérez.

Se realizaron 15 visitas guiadas durante el periodo de exposición.

Fue visitada por 2.895 personas.

400 ejemplares del libro-catálogo se donaron a Cáritas Cartagena, los cuales todos fueron vendidos.

TEXTO DEL COMISARIO RAMÓN GARCÍA ALCARÁZ PARA EL LIBRO-CATÁLOGO.

Si intentamos establecer una relación entre las fechas de las manifestaciones religiosas más importantes de nuestro entorno, quizás podríamos elaborar un calendario bastante afín entre las distintas creencias monoteístas. Algunos, incluso, mantienen la hipótesis de la existencia de lugares mágicos, singulares, impregnados de energías intangibles, en los que se alzaron los primeros monumentos megalíticos y a partir de ellos, una sucesiva aparición de templos que se iban erigiendo sobre las ruinas de la doctrina vencida. Así, nos encontraríamos en el subsuelo de nuestras iglesias más antiguas con estratos arqueológicos impregnados de múltiples espiritualidades ancestrales, cuya energía y magnetismo atraparían en su emplazamiento a los siguientes fervores, como si de una retro-alimentación espiritual se tratara.

Efectivamente, un laico definiría la Semana Santa como una manifestación religiosa dirigida por un evento cósmico. Un momento especial, único, en el que los astros nos indican el inicio de nuestra actividad. El punto exacto, la hora indicada para aunar nuestras energías físicas y espirituales.

Quizá sea esta la razón por la que siempre he sentido la llamada de la Semana Santa de mi ciudad. Allá donde esté, siempre regreso a la invocación atávica del ritual. Debo de reconocer que nunca he visto otra Semana Santa que no sea la mía, excepto la del Viernes madrugador de los Salzillos, después de la larga noche del Jueves cartagenero.

Conocí a Julián Contreras el pasado Viernes Santo en torno a una gran paella de vigilia junto a la que, como todos los años, nos reunimos la familia y los amigos al paso de la procesión por la calle del Carmen. Durante la tertulia, el fotógrafo me habló de sus instantáneas pasionales, positivadas en blanco y negro, y de su interés testimonial ante los acontecimientos que durante esa Semana sucedían en la ciudad.

Es cierto que la Semana Santa ha sido, es y será un evento muy apetecible para ser fotografiado, diríamos que nuestras procesiones son como una gran actriz hollywoodiense, pletórica de fotogenia, a la que todos quieren sacar su mejor partido. Sin embargo, casi todos los intereses creativos se han dirigido a plasmar su lado más estético, su visibilidad majestuosa o el contraluz cinematográfico más audaz.

Lo que me llamó la atención, desde el primer instante, en la obra de Julián Contreras fue su capacidad para captar el otro lado menos pomposo de la celebración. Me refiero a la difícil tarea de aprehender lo invisible, lo cósmico, lo espiritual. En definitiva, su objetivo se había impregnado de esa atmósfera metafísica que todo lo envuelve en segundos, en milésimas de segundos. Hablo del sentimiento indescriptible que solo algunos privilegiados penitentes lugareños pueden llegar a sentir desde su emplazamiento favorito, el de todos los años, el de toda la vida, junto al Gran Hotel, en la Plaza del Lago, en la Pescadería, en la Salve o en las sombras chinescas al paso de una calle angosta.

El fotógrafo ha sabido percibir la representación en cada uno de sus personajes. Casi todos son manifiestamente visibles en su acto de desfilar públicamente, exhibiendo los atuendos que el ritual requiere. Pero cuando Julián Contreras consigue la plenitud de su obra es en el preciso momento en el que su objetivo capta y atrapa el instante de la emoción más cotidiana e invisible de sus modelos. Muchos de ellos ya forman parte de nuestros recuerdos. Sus rostros mantienen el orgullo de ser partícipes, sus arrugas nos reconfortan en su sabiduría, es como si nos indicaran con sus gestos y su silencio el camino correcto a seguir, pasándonos el testigo para continuar la carrera infinita. Nos referimos al diálogo más íntimo entre lo terrenal y lo cósmico, entre lo humano y la fe.

La Semana Santa es tradición, es una manera de vivir y de sentir, es una manifestación colectiva que aúna energías en torno a los dictados de un testigo excepcional, la luna. Una invitada especial que durante el amanecer de los siglos sigue alumbrando con su plenitud a las sucesivas vírgenes que irradian su Caridad, su Dolor y su Regocijo por todo el empedrado cartagenero. Hablamos de Isis en su estado más puro y femenino, nos referimos al Mediterráneo en todo su origen cultural.

En este sentido hemos querido plantear el significado de esta exposición. Su montaje ha constituido una pieza más en el sentido estético y creativo de Julián Contreras. Quizá nos ha movido un afán de coherencia con su labor creadora de alquimista de sueños, de testigo presencial que es capaz de transmitir y paralizar, en imágenes en blanco y negro, gran parte de nuestras emociones visibles e invisibles. La disposición de las fotografías mantiene ese ritmo pausado, elegante y ordenado de la representación. Una disciplina militar que se transmite en muchos actos de nuestra vida cotidiana.

La técnica elegida por el fotógrafo, en saturados negros y blancos, ofrece al espectador esa acertada unidad estética que uniforma y distingue nuestra Semana Santa. El orden y la espiritualidad mantienen una tensión física y emocional llena de misterio, que conforma un carácter muy especial y que nos distingue de otros pueblos bañados por el mismo mar.

Estamos, probablemente, ante una exposición infinita, la exposición que no presenta límites y que continúa abierta a sucesivas emociones. Podríamos reunir cientos, miles de instantes en un referente testimonial único para nuestra memoria histórica heredada, construida en el presente, y que recibirán los que nos sucedan. Estamos ante la visión de un artista que nos revela en sus fotografías la perseverante liturgia en la que cada uno de sus protagonistas se iniciará en su ritual, año tras año, en la tradición visual, en la ceremonia de sus vestimentas, de sus utensilios, de sus comportamientos más acicalados.

Todo está listo para salir a la calle en procesión. La tenaz tradición que nos une como pueblo y marca en el cosmos nuestros sentimientos individuales y colectivos. Una tradición que nos identifica y que deberíamos de salvaguardar del olvido. Tradición que nos obliga a protegerla, en su esencia más absoluta, de las modas efímeras y de las vanidades humanas. Solo nos queda esperar a que los astros nos indiquen el momento propicio para buscar ese instante mágico e invisible que reconfortará nuestro espíritu hasta la próxima Semana.

Ramón García Alcaraz
Comisario de la exposición
 
TEXTO DE JUAN MANUEL DÍAZ BURGOS PARA EL LIBRO-CATÁLOGO.  

"Lo importante es ver aquello que resulta invisible para los demás."
Robert Frank

Pocas son las fiestas o ceremonias que han sido fotografiadas con mayor insistencia, que aquellas que derivan de cualquier acto o manifestación religiosa. Es para un fotógrafo difícil abstraerse al boato y ceremonial de formas y fondos con las que las mismas se nutren. Ceremonia y liturgia en estado puro; sentimientos extremos y rituales ancestrales sean del signo que sean. El hombre se reencuentra a si mismo a través del recordatorio de la muerte y la hipotética salvación de su alma. Es para los cristianos la Semana Santa la celebración anual donde se conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Un período de intensa actividad litúrgica dentro de las diversas confesiones cristianas.

Es notorio que la Semana Santa de Cartagena es diferente en muchos aspectos a cualquier otra que se celebra en este país. La luz, el orden y la forma peculiar de sus “tronos” junto a la profusión y exquisito gusto por su decoración floral, son elementos que conforman una parte esencial de nuestra celebración, que la identifican y la hacen distinta del resto. Aquí nada es ajeno al propio control de la procesión, desde el paso al caminar de sus penitentes hasta el más mínimo detalle de sus trajes o puesta en escena.

Todo un espectáculo plástico para la vista de aquel que la contempla, pero también toda una trampa, al mismo tiempo que un reto para aquel que pretende captarla en imágenes, con el fin de no caer en los estereotipos más comunes.

La belleza en si misma no debe ser nunca la meta u objetivo en la fotografía, “las fotografías son incapaces de explicar nada, son inagotables invitaciones a la deducción y la fantasía” así nos lo recuerda Susan Sontag. Y estoy seguro que Julián Contreras, autor de estas imágenes, se plantea estos mismos axiomas cuando se enfrenta a la objetividad de una realidad esquiva, y muchas veces engañosa. Este es uno de los principios básicos y diferenciados entre el fotógrafo con mirada personal y el fotógrafo cronista.

En este proyecto que el autor califica de instantes de pasión, realiza un recorrido completo por las diferentes notas que la Semana Santa Cartagenera ofrece; como si de una partitura se tratara, mostrando aquellos pequeños y grandes detalles que a la vista de otros, pudieran escapar, tomando siempre al ser humano como eje principal de su contemplación.

Como buen conocedor de la misma, la expone recorriendo todas aquellas etapas que la hacen única y peculiar. Dedica una parte importante de su proyecto a relatarnos las pasiones de esta celebración a través de los retratos y miradas de aquellos penitentes que participan en ella, intentando descubrir y desvelar las angustias y gozos de las mismas, construyendo un mapa iconográfico de este ritual.

La marcialidad y el orden lo muestra desde rincones mágicos, no importándole que el fondo sea una pared desconchada esperando su hora de la muerte eterna, en contraste a la calle estrecha por donde se deja colar la deslumbrante belleza de un trono típico cartagenero, al encuentro con la historia, supliendo el decorado en esta ocasión por edificios emblemáticos o modernistas, de los muchos que esta ciudad aún conserva, y lo realiza sintiéndose mágicamente solo.

En oposición, nos relata igualmente aquellos momentos donde los cartageneros se citan de manera masiva, con el fin de presenciar el encuentro de la Pequeñica con su hijo en la popular Plaza del Lago, o la recogida de la Piedad ante el canto fervoroso de la salve de todos los asistentes. Emociones que Julián conoce y que busca el ángulo perfecto para captar en una sola imagen, tanto sentimiento contenido.

La luz es otro de los elementos característicos de esta Semana Santa, y Julián la resuelve de manera especial. Cualquier detalle es motivo de su atención. Luces furtivas que junto a esas sombras chinescas nos invitan a prolongar la mirada más allá del trono, o paso, generosamente iluminado, creando atmósferas mágicas y misteriosas. Pero hay un instante en donde la ausencia de esa luz, le servirá también para crear una imagen mágica; esa donde los nazarenos comienza el camino de su penitencia. Se hace por un momento la oscuridad y el silencio, solo roto por el acompañamiento de un tambor que marca el paso de todos aquellos que portan el hachote, a la espera de encontrase con la calle, captándolo de manera inteligente. Sentimientos y emociones que el fotógrafo nos hace participe de ellos.

Pero existe otra Semana Santa al margen de aquella que es cuidadosamente exhibida al gran público, es la que vive entre columnas, capillas y estancias de las cofradías; momentos de relajo, en contraste con otros de tensión ante la inminente salida a la calle, entresijos de la ceremonia, aquellos que pertenecen a los propios penitentes o cofrades, no siendo ajena a la mirada del fotógrafo.

Por importante que todo esto pudiera parecer, nada de esto tendría sentido si el autor no incorporara a su proyecto esa otra fiesta que representa el público espectador que envuelve con su presencia una parte importantísima del ritual. Y lo hace robando escenas desde la singularidad que la realidad y el momento le depara, conjugando ese surrealismo mágico y hermoso que solo la vida nos regala, y que solo aquellos que saben mirar, pueden captar.

Como cartagenero y como colega, felicitar a Julián Contreras por este trabajo, y agradecerle la oportunidad que nos ofrece de descubrirnos otra Semana Santa.

J. M. Díaz Burgos
Cartagena Enero 2013.


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